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Superar el TOC

Trastorno Obsesivo-Compulsivo: Salir del Laberinto


      

 

EX-OBSESIVOS.


JAIME.

     Soy una persona razonable, comedida, de fiar, trabajador, eficiente. Y en un momento dado, sin saber muy bien cómo ni por qué, mi vida se convirtió en un absoluto desastre. 

     Tenía un buen trabajo, una familia que me quiere, una mujer estupenda y dos hijas maravillosas. No hay razones, pero mi vida se convirtió en un absoluto desastre. Vivía en una angustia permanente, en una desesperación total. Cada día era una dura prueba. De nada disfrutaba. Mi rendimiento en mi trabajo se redujo muchísimo, mis actividades placenteras prácticamente desaparecieron, mi autoestima se me derrumbó, y yo vivía embebido en mi propia observación, enredado en mis pensamientos negativos y repetitivos que no me dejaban respirar. Mi vida era un completo caos, y en él estaba arrastrando a los míos.

     Así llevaba, con rachas algo mejores y otras peores, casi cinco años. Metido en el laberinto. Y cuanto más buscaba la forma de salir y de encontrar la solución, más y más me enredaba. Más y más me adentraba en las profundidades de este tremendo problema. Cree uno que a base de pensar y pensar en lo que le pasa, y a base de buscar la solución, va a ver la luz. Se mete uno cada vez más en la cueva. Acudí a varios profesionales, todos ellos de reconocido prestigio, pero tenía la sensación de que nadie me entendía ni me daba el tratamiento adecuado. Algunos consejos incluso eran claramente contraproducentes.

     Un día, en una de mis obsesivas búsquedas por internet para encontrar la solución a mis problemas, encontré la página web del Dr. Adolfo Martínez-Conde, y solamente leyendo lo que él allí pone, me sentí tan increíblemente identificado y entendido, que no dudé en ir a verle (y vivo a 500 km). Desde que atravesé por primera vez la puerta de su despacho, mi vida empezó a cambiar, y es que lo primero que necesitamos cuando estamos así es que alguien nos diga que sabe lo que tenemos, que sabe tratarlo, que se sale y que nos dejemos llevar. Solamente eso ya supuso liberarme de una pesadísima carga, pues lo más duro es que no sabes lo que te pasa ni cómo afrontarlo.

     La terapia lo que hizo fue enseñarme que no puedo controlar todo, y desde luego no puedo controlar mis pensamientos. Los pensamientos vienen y se van. Son incontrolables, y no debo quedar enganchado a ellos. Con los pensamientos negativos no hay que hacer absolutamente nada: no hay que analizarlos, ni tratar de que no vengan, ni evitarlos, ni asustarse, ni controlarlos, ni hay que buscar la técnica para tenerlos o no tenerlos, ni buscarlos, ni evitarlos... nada. Absolutamente  nada. Vienen y se van. Son inevitables, son efímeros, y son completamente inofensivos. No puedo decidir que vengan o no, pero sí puedo decidir controlar y entrenar cómo respondo ante ellos cuando vengan.

     Mi agradecimiento al doctor es enorme y para siempre. Jamás olvidaré cómo gracias a él he salido, como él lo llama, "del laberinto". Vivo una vida plena, sin pastillas, sin miedo. Una vida maravillosa, en la que, como toda vida plena, se combinan la alegría con la tristeza, la ilusión con la decepción, la energía con el cansancio... y otros mil matices, pero que dan como resultado ante todo una vida libre, auténtica, propia y abierta hacia el exterior, hacia los demás, hacia las sensaciones, los sentimientos, la observación de las cosas, en la que me dejo sorprender con la única y auténtica realidad, que es el presente, lo que está pasando y lo que estoy viviendo aquí y ahora, que es ese espacio donde se desvanecen y desaparecen los malos pensamiento y las malas emociones, y donde sólo existe algo increíblemente liberador, que es observar y sentir. Un fuerte abrazo, mi eterno agradecimiento al Dr. Adolfo Martínez-Conde y todo mi ánimo y apoyo a las personas que están sufriendo este trastorno obsesivo. Se sale. Seguro!!!!!




ROCÍO. 

     A lo largo de todo este proceso, he estado en manos de varios psiquiatras que lo único que han hecho ha sido "empastillarme", sin apenas molestarse en dedicarme tiempo ni ofrecerme otras alternativas. Un día, leyendo una revista, vi un anuncio donde se trataban problemas de obsesiones mediante la sofrología y enseguida me sentí identificada. Me decidí a llamar y me puse manos a la obra. Aprendí cosas que nunca nos enseñaron en el colegio, a pesar de ser más importantes que la enseñanza tradicional, que no te ayuda a saber controlar tus emociones. Aprendí a controlar los pensamientos obsesivos e irracionales y a responderles de una forma más objetiva y positiva. También aprendí que nuestra mente no sólo es una "fábrica de pensamientos", sino que también tiene una gran capacidad de sentir paz y serenidad. Al principio cuesta trabajo, ya que durante mucho tiempo hemos entrenado a nuestra mente a almacenar pensamientos negativos, a sufrir inútilmente y es lógico que a ésta le cueste cambiar. Pero todo lo que se aprende, también se puede desaprender con paciencia y tesón, y sobre todo, sin perder nunca la confianza en nosotros mismos, en nuestras posibilidades. Como seres humanos que somos, estamos en un continuo proceso de aprendizaje y es sobre todo de los errores que cometemos de lo que más se aprende.

     Ahora valoro mucho más todo lo que tengo, en lugar de lamentarme de lo que carezco y procuro disfrutar al máximo de los pequeños placeres que hay a mi alrededor y del momento presente, que es al fin y al cabo, lo único que tenemos. Actualmente, ninguno de los pensamientos absurdos que tanto me hicieron sufrir se han cumplido. Mis padres están estupendamente, con los achaques propios de su edad. No he perdido a mi hermana, por el contrario, nos llevamos mucho mejor al no tener problemas de convivencia, sigo viendo a mi familia todo lo que quiero ya que vivimos en el mismo barrio y estoy encantada de vivir sóla. He aprendido que uno puede ser su mejor amigo o su peor enemigo según utilice su mente.

     Hace poco leí en un libro de autoayuda una cita de Confucio que me pareció muy sabia y que dice así: "La grandeza del ser humano no está en no caer nunca, sino en ser capaz de levantarse cada vez que se cae". Confía en ti mismo y ten por seguro que tú también serás capaz de levantarte. Yo también confío en que esta carta te ayude a lograrlo.
       

                                           
ANTONIO.

     Todo comenzó hace casi seis años (aunque en realidad descubrí con la terapia que mi personalidad era obsesiva de toda la vida) cuando yo estaba colgando unos cuadros y mi niño estaba jugando tranquilamente por allí. De repente, sin venir a cuento, vino a mi cabeza la imagen, el "flash" (como hemos denominado en muchas ocasiones) de que le daba al niño con el martillo en la cabeza. Inmediata y progresivamente empezó a torturarme la idea. Cómo era posible que me viniera ese pensamiento tan horrendo, cuál era la razón, cuál era el motivo.

     Caí en una espiral de análisis y preguntas intentando buscar respuestas. Cuanto más analizaba buscando una explicación, más me metía en el problema, hasta el punto que podía imaginarme que podía hacer daño al niño con cualquier cosa. Temía quedarme a solas con mi niño por miedo a hacerle daño. Caí en una depresión y por fin: contacté contigo.

     A lo largo del tratamiento fui comprendiendo, no sin esfuerzo, que todas mis obsesiones eran provocadas por lo mismo: una respuesta inadecuada. Durante estos meses he ido comprendiendo que esos "flashes" mentales, como el que yo tuve, no son exclusividad mía, sino que son inherentes en el ser humano, forman parte de su naturaleza, vienen de forma totalmente involuntaria y no hay que analizarlos, ni comprobarlos, ni nada, porque no son nada, son absurdos y como tal hay que tratarlos.

     Adolfo, sólo puedo decirte gracias de todo corazón. Sé que aún me queda tiempo hasta que lo supere del todo, pero el camino hacia la solución definitiva del problema es irreversible y lo voy a conseguir como lo conseguiste tú. Espero que esta carta pueda servir (lo deseo sinceramente) para que las personas que caigan en este infierno sepan comprender la causa del problema y sobre todo encontrar el camino para salir de él.